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Lo escuchamos por todos lados: “ámate a ti mismo”, “primero ámate”, “sin amor propio no podrás amar a los demás”, “si no te valoras, nadie lo hará por ti”, frases que suenan un poco trilladas y duras, pero que son ciertas.

Tan ciertas y repetidas hasta el cansancio que, además de la gran importancia que tiene el amor propio respecto al autoestima y la confianza, también es necesario tener la capacidad y la fortaleza para salir de una zona de confort en la que –sin darnos cuenta– caemos en el mal hábito de pensar demasiado las cosas, de vivir preocupados por trivialidades e incluso llegamos a dudar de nosotros mismos. Un hábito con el que no logramos otra cosa más que minar nuestra autoestima, día a día. 

Decimos que hoy hablaremos con nuestra pareja sobre ese tema que tanto nos importa, por ejemplo, pero cuando llega el momento dudamos y dejamos de hacerlo porque sentimos que “quizá no es el momento”.

En los casos más extremos dudamos de expresar nuestras ideas “porque son absurdas” y eso se transmite a la familia, tal como cuando se dice que los hijos resienten todo lo que aqueja a los padres.

Dudamos en casa, con nuestra pareja o con nuestros hijos, con los suegros o con nuestras amigas, en el gimnasio o en la oficina. Dudamos y dudamos, pensamos demasiado, nos paralizamos, dejamos de hacer y de ser personas auténticas. Y así, poco a poco, perdemos la confianza en nosotros mismos. 

Pero cada día es una oportunidad para romper con este tipo de hábitos y una ventana hacia conocernos mejor, aceptarnos y expresarnos con quienes nos rodean.

 

Lo que importa es que actúes

 

De acuerdo con la reconocida conferencista motivacional Mel Robbins, experta en liderazgo y comentarista de CNN, la razón por la cual no hacemos aquello que sabemos que nos ayudará a solucionar nuestros problemas o que contribuirá a mejorar nuestra vida, es que permitimos que nuestros sentimientos decidan por nosotros. 

“Si no te sientes digno, decidirás no decirle lo que realmente piensas (…). Cuando te detienes a considerar cómo te sientes, dejas de moverte hacia tu objetivo”, menciona la también autora best-seller en su libro “La regla de los cinco segundos”. Y explica: “no estás luchando contra tu capacidad de seguir una dieta, de ejecutar un plan de negocios, de reparar un matrimonio roto y reconstruir tu vida (…), estás luchando contra tus sentimientos sobre cómo hacerlo”.

En su libro, Robbins parte de evidencia científica sobre el comportamiento humano para argumentar que en una cuenta regresiva de cinco segundos podemos tomar acción y romper con los malos hábitos que bloquean nuestro desarrollo personal y, por ende, el de nuestra familia: ceder al miedo, a la duda y al pensamiento excesivo, o lo que también se conoce como “overthinking”, en inglés.

Como dice la autora estadounidense, “no puedes controlar cómo te sientes, pero siempre podrás elegir cómo actuar”. 

Y contrario a lo que se cree, la seguridad en uno mismo no es un rasgo de personalidad. “La confianza es una habilidad que construyes a través de la acción”, aclara la coach, quien ha brindado asesoría a líderes de compañías mundiales en cientos de conferencias personalizadas y programas de desarrollo de liderazgo.

De ahí que cada vez que enfrentas la duda o el miedo de expresarte o establecer límites y decir no –en lugar de decir que sí a todo “por compromiso”–, te demuestras a ti misma que eres capaz y “honras la grandeza dentro de ti que quiere ser escuchada”, señala Robbins. 

 

El mal del perfeccionismo 

 

Las oportunidades de crecer profesionalmente que dejamos pasar dada nuestra tendencia a ser perfeccionistas, son un claro ejemplo de lo mucho que la falta de confianza en nosotros mismos nos perjudica cuando estamos fuera de casa, lejos de nuestro círculo social inmediato.

De hecho, se ha reportado que a nivel global existe una brecha de confianza entre hombres y mujeres, siendo ellas quienes quienes tienen menor autoestima. De acuerdo con el estudio realizado durante ocho años por investigadores de la Universidad de California, la brecha era más pronunciada en los países desarrollados e igualitarios de Occidente, en donde se especula que las mujeres son más propensas a compararse con los hombres, quienes aún llevan la batuta en salarios y puestos de mayor poder. 

En su libro “The Confidence Code” (2014), basado en investigación científica y en docenas de entrevistas, las periodistas Katty Kay y Claire Shipman reportan que las mujeres son más propensas que los hombres a ser perfeccionistas, por lo que frenan la toma de decisiones y la acción hasta que estén 100 por ciento seguras de que pueden predecir el resultado de las mismas. 

En el ámbito laboral, Kay y Shipman observaron que las mujeres solicitaban un ascenso de puesto únicamente cuando cumplían con todos los requisitos solicitados. Mientras que los hombres proceden a solicitar un cargo mayor a pesar de reunir solo el 50 por ciento de las competencias.

También encontraron que las mujeres suelen culparse a sí mismas cuando algo sale mal en el trabajo, a pesar de sus esfuerzos. Y si el resultado es favorable, ellas no se dan el crédito, sino que atribuyen el éxito a las circunstancias o incluso a otras personas. Los hombres hacen lo opuesto. 

Pero por nuestra salud mental, volvamos a esas frases tan trilladas pero llenas de certeza: “nadie es perfecto”. Y el intento de serlo solo nos lleva a la infelicidad. Enfoquémonos en decirle adiós a los malos hábitos que obstaculizan nuestro crecimiento personal. Llevará mucho esfuerzo, sí. Pero el resultado nos enamorará. 

Además, recuerda que como se siente la mamá –o el papá– se sentirán los hijos, sobre todo cuando aún están pequeños. Los niños y adolescentes son como esponjas que aprenden todo de sus padres y que dependen de su ejemplo para educarse y formarse.

 

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