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Poderoso caballero es don dinero, solía escuchar de pequeño, cada vez que se comentaba un episodio familiar relacionado con la codicia, el despilfarro o la insensibilidad hacia los menos favorecidos económicamente hablando.

Cuando escuchaba este popular refrán, mi mente revisaba las anécdotas y experiencias de hombres y mujeres atesorando fortunas, viviendo en la abundancia y gastando en lujos que para los demás parecían inaccesibles. 

La gran tragedia de nuestra época es que cada vez nos amamos más a nosotros mismos y menos a los demás, y entre los muchos males del siglo 21 destacan precisamente: la codicia y la corrupción que no son otra cosa que el amor desmedido al dinero, un amor enfermizo pero que se propaga por doquier. Actitud que atrapa y seduce a millones de personas en todo el mundo. 

Lo vemos en la política, los negocios, y la sociedad. El origen etimológico de codicia se encuentra en cupidĭtas, un vocablo latino. Palabra esa que deriva a su vez de “cupidus”, que puede traducirse como “ambicioso”, y del verbo “cupire”, que es sinónimo de “desear de forma muy viva”. La codicia es la ambición desmedida y exaltada de dinero, bienes u otro tipo de riqueza. 

Cuando los matrimonios se enfocan exclusivamente en el bienestar material asumiendo que los asuntos “no financieros” ocupan una lugar secundario en su vida familiar, tarde o temprano florece la tentación de la codicia y se puede apoderar progresivamente de sus vidas causando debilidad en su compromiso familiar. 

Si no se frena esa ambición, aparecen síntomas de malestar, insatisfacción, rupturas y otros conflictos al interior del entorno familiar con consecuencias graves y duraderas. Muchos episodios de violencia familiar tiene su origen en la codicia y la corrupción. 

Por ello es conveniente la ponderación de valores no materiales que soporten la relación matrimonial, estableciendo prioridades y privilegiando la sencillez y la honestidad, antes que el derroche, la competencia social y la vida presuntuosa. 

Mi primer jefe como empleado a sueldo en una empresa, era un joven ingeniero muy competitivo y demandante, diariamente se le veía ir y venir de un lado a otro de la fábrica dando órdenes, supervisando cada detalle y bebiendo seis a siete tazas de café al día, era ambicioso y con frecuencia malencarado. 

Recuerdo que un buen día me confesó que su meta era reunir un millón de pesos antes de cumplir los 35 años, lo dijo con determinación y firmeza. Sentado en su escritorio frente a mí le escuché decir: yo no sé exactamente cómo, pero lo tendré, será mi primer millón. En ése entonces yo tenía 23 años y ganaba algo así como 4 mil pesos al mes, la media de ingreso mensual para un recién graduado era de 4 mil 500 a 5 mil pesos. 

El dinero bien administrado es un medio excelente para hacer felices a los demás, el dinero y la riquezas vistos como un fin en sí mismas, conllevan desgracias. 

Regresando a mi primer experiencia laboral, años más tarde, cuando ya no laboraba en la compañía, supe que Jaime perdió la vida en un trágico accidente –según me comentaron– conducía una motocicleta a muy alta velocidad por una transitada avenida. Jaime vivió muy de prisa y murió de la misma forma, antes de cumplir los treinta y cinco. Hasta donde recuerdo, murió soltero y sin el millón de pesos. 

Muchas personas trabajan intensamente, algunos con una gran ambición van tras el dinero y otra tras el prestigio y el poder, en ocasiones la familia para ellas cobra cierta importancia y en algunas veces parece otro mundo distante del laboral, con sus problemas y satisfacciones.

El Papa Francisco ha hablado del problema de nuestra relación con el dinero: “Es un problema de todos los días. Cuántas familias destruidas por el problema del dinero: hermano contra hermano, padre contra hijo…! Esto es lo primero que hace un ser cogido al dinero, ¡destruye! Cuando una persona está cogida al dinero, se destruye a sí misma, ¡destruye a la familia! ¡el dinero destruye! Hace esto, ¿no? te atrapa”. 

El dinero sirve para llevar a cabo muchas cosas buenas, muchos trabajos para desarrollar la humanidad, pero cuando tu corazón se centra así en el dinero, te destruye. 

Por ello necesitamos estar alertas a las tentaciones de la codicia y sus efectos destructivos en la familia. El individualismo consumista es la razón de muchos de los males de nuestra época, (fraudes, mentiras, corrupción, asesinatos, etc.). El materialismo reinante está saturado de encantos y maravillas que seducen y esclavizan –principalmente, más no exclusivamente– a los jóvenes matrimonios. La consigna es tener para ser felices, sin importar las consecuencias. 

Evitando malos hábitos

Algunas recomendaciones para evitar caer en este mal hábito son: 

  1. Identificar el costo-beneficio de lo que consumimos, compramos o contratamos. 
  2. Eliminar caer en apariencias, por temor a ser vistos como pobres. 
  3. Agradecer siempre lo bueno que la vida nos ofrece, las mejores cosas de la vida son gratuitas. 
  4. Cultivar la generosidad, y la sencillez en el diario vivir. 

Para reflexionar

Califica en una escala del 1 al 10, donde 1 es nunca y 10 es siempre:

  • Evito aparentar una vida de lujos y privilegios 

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 

  • Acepto lo bueno que la vida me ofrece y prefiero disfrutar las mejores cosas y que son gratis 

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 

  • Analizo el costo-beneficio de mis compras, contratos y/o consumos

 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 

  • Cultivo las virtudes de la generosidad y la sencillez en el día a día 

1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 

**Si el total suma menor o igual a 20, existen evidentes señales de codicia o una desmedida preferencia por los bienes materiales.

 

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