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Por Raúl Espinoza Aguilera

La familia es una escuela de virtudes. Dentro de una familia hemos aprendido los valores, la formación humana, la vida de piedad. Cierto día, daba la bienvenida a los asistentes a una conferencia. De pronto apareció una joven que -con gran aplomo y seguridad- me preguntaba por más lugares para estacionar el coche de su familia. De inmediato pensé que esa joven tenía unos padres que la habían formado bien, con el suficiente carácter para moverse con desenvoltura. En efecto, a los pocos minutos se presentaron sus padres que poseían una personalidad clara y definida y se observaba que habían influido positivamente en su hija.

Recientemente escuchaba a un Doctor en Pedagogía que debíamos de defender a la familia por todos los medios y nunca desalentarnos si nos encontrábamos con un ambiente adverso.

También en el principal de los Derechos Humanos como, sin duda lo es, el Derecho a la Vida Humana. Se sabe que existe toda una campaña internacional que rechaza o niega este Derecho Fundamental. Las famosas jóvenes con “pañoletas verdes” no parece que conozcan a fondo la Perinatología ni la Bioética. Hay mucho de ignorancia científica con esa postura ideológica.

Algunos políticos e intelectuales consideran una postura “vanguardista” estar a favor del aborto y la desintegración de la familia. Como si fuera un signo de “modernidad” sin percatarse del daño que están causando con el asesinato de miles de bebés en el seno de sus madres o en la desintegración de esa célula social básica como lo es la familia. La consabida frase: “Es que todo el mundo piensa en esta forma modernista, además no quiero parecer ante los demás como del siglo antepasado”. Esa conducta no es sino una excusa de sus descarríos.

Leía el caso de una enfermera que trabajaba en una clínica abortista, que un día, al terminar su jornada y mientras se vestía para salir de regreso a su casa, escuchó el llanto desesperado de un bebé. Su instinto recóndito de madre hizo que lo buscara dentro de los botes con cadáveres de niños abortados. Al poco tiempo, encontró al niñito. De inmediato, lo lavó, le curó al vendar sus heridas. Luego le puso unas mantas gruesas para no ser descubierta. Se llevó al bebé a su casa, le dio las medicinas que necesitaba y su madre le ayudó a alimentar a la criatura. Por supuesto, esta enfermera cambió de trabajo, por otro honrado y que no fuera tan criminal.

Después animaron al niño a estudiar. Con el paso del tiempo, se graduó en Ingeniería Química. Fue él quien dio a conocer su caso a los medios de comunicación. Y causó gran conmoción social.

Hace poco, falleció mi tía Elsa. Se casó con mi tío Manuel (también finado) y procrearon cinco hijos. Era ejemplar el cariño que les tenían. Luego vinieron los nietos. Admiraba el enorme afecto que les manifestaban a cada uno de sus descendientes. Con el paso del tiempo, mi tío Manuel falleció. En los últimos años, mi Tía Elsa se llenaba de alegría y gozo cuando nacían sus bisnietos y llevaba la cuenta exacta. Cuando la visitaba, me mostraba con un santo orgullo las fotografías de todos ellos. Su vida fue una entrega completa de servicio para proporcionarles felicidad a todos y de un gran amor por la vida humana. “¡Qué alegría que la familia crezca!” -solía decirme.

En conclusión, la familia no ha sido un invento humano ni una mera ocurrencia de un sector de la población a través de los siglos. 

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