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Para resolver la pregunta del título de este artículo, quizá sea decepción para algunos el que no propongamos un test con diez preguntas que, al contestarlas, finalmente se contrasten los propios resultados con una tabla que contiene unas medidas estandarizadas, dando como resultado una calificación que te etiquete en un tipo de persona de manera fría y calculada.

El tema de la belleza es amplísimo y se ha abordado desde diversas perspectivas dentro de la filosofía, de las ramas del arte, moda, comunicación y áreas de diseño en general.

Sin embargo, he decidido entrar por un camino, que en la actualidad, nos hace mucha falta discernir, por las circunstancias que nos envuelven: el encuentro de la belleza de la persona frente a sí misma y frente a los demás. Sí , deseo que las ideas escritas a continuación den un poco de luz para resolver el cuestionamiento citado en el título; pero más que todo, pretendo abrir horizontes de curiosidad y búsqueda de belleza en lo cotidiano. Esto, debido a que los lectores son personas que viven el día a día como yo, con un trabajo determinado y dentro de una familia en la que nos amamos mucho, pero donde tantas veces surgen roces por el trato continuo y lleno de confianza que sólo puede darse dentro de un hogar.

Nuestros sentidos son la puerta que tenemos para permitir entrar los colores del paisaje, el sonido de las voces, o los olores de un buen desayuno, a nuestro interior. Estas impresiones que son constantes a lo largo del día -de la vida- nos modifican interiormente. Este no es un artículo para estudiar a la belleza desde una perspectiva trascendental, sino sólo unas consideraciones sobre esta realidad a la que todos tenemos acceso y además necesitamos aumentar, aunque no lo parezca.

Estando dentro de la dimensión de la realidad, lo bello es aquello que capta nuestra atención, que nos sorprende, nos agrada y nos atrae. Son muchos los elementos que pueden atraer los sentidos, pero no todos nos son agradables ni nos mejoran como personas. Por ejemplo, si somos amantes de la naturaleza, de la arquitectura, de la literatura, entonces hemos tenido innumerables acercamientos a lo bello y quizás querremos repetir estas experiencias por el bien interior que nos ha provocado.

No todas las realidades se encuentran dentro del marco de lo que puede ser percibido sensiblemente; hay algunas que no podemos tocar con las manos, ni ver con los ojos y las cuales nos transforman muy profundamente. Sin embargo, intentaré hablar de otras realidades cotidianas que nos pueden transformar en una persona más bella.

Ahora les comparto una anécdota que me parece ilustrativa. En una ocasión, paseando por los corredores de un museo de la ciudad, aparte de las obras que allí se exponían, también fue interesante observar a las personas que caminaban junto a mí. Unas de ellas eran jóvenes con libreta en mano, tomando apuntes de las fichas respectivas a algunas pinturas y pasando con rapidez a lo largo de cada galería. Otras, también jóvenes, se quedaban minutos contemplando y platicando entre ellas sobre las pinceladas de diversos colores o sobre la posible intención del autor de algún lienzo… En fin, una tercera escena según pude apreciar, fue la de una señora que, sentada, había preferido quedarse frente a dos o tres obras de manera tranquila, al parecer, sin ningún ánimo por cambiar de lugar.

Tomando en cuenta esta historia, pienso que en diversas circunstancias nos podemos identificar con algunos de los protagonistas anteriores y tener alguna de esas actitudes dependiendo de las circunstancias personales en un momento dado. No obstante, quiero fijarme en la primera escena de los chicos que tomaban apuntes con rapidez. Es indudable que la precipitación en la cual vivimos actualmente limita la apreciación de la belleza.

Podemos toparnos con algo bello y no percibirlo, porque simplemente tengo prisa; para captar una realidad bella requiero de cierta concentración de mis sentidos, es decir, atención. Cuando el objeto ha captado nuestra atención, vendrá luego la llamada actitud de contemplación. Podemos tener enfrente una verdadera obra de arte de pintura o escultura o un hermoso atardecer cuando baja el sol y enmarca las nubes con tonos amarillos, naranjas y rojizos. Y allí, enfrente, estoy yo con la posibilidad de detenerme unos instantes para captar esa belleza o simplemente pasar de largo porque tengo mucho que hacer.

El tiempo lo dosificamos de acuerdo a nuestros intereses o necesidades; la contemplación es una acción a la que pocas veces le concedemos un horario. De hecho, quizá en diversas ocasiones esta contemplación nos llevaría sólo algunos segundos, pero nuevamente puede atravesarse la ansiedad por continuar con nuestras actividades perdiendo la oportunidad de crecer en dicha actitud contemplativa. Si yo no contemplo, nadie más podrá hacerlo por mí.

En esta oportunidad que tengo de escribir sobre el tema, me centraré en expresiones humanas fácilmente evidentes por el hombre y las cuales nos hace falta considerar para luego cultivarlas.

Estas realidades propias del obrar humano bueno a las que hago mención, son las virtudes necesarias para la convivencia armónica dentro del hogar para cuidar de las personas y del hogar mismo. Todos sabemos cuán importante es tener gestos de lealtad, amistad, paciencia, aceptación, alegría, buen humor, compasión y consuelo… Y si tenemos la suerte de vivir dentro de un ambiente relativamente armónico, es importante no acostumbrarse para renovar el aprecio por este bello tesoro que nos hace crecer como personas.

Estos actos buenos tienen que ver prácticamente con el contacto relacional humano. Por lo mismo, el primer concepto por aceptar -de buena gana- es que existen los otros en nuestra vida. Los actos buenos como la amabilidad, la solidaridad, la lealtad, etc., no tendrían sentido si no conviviéramos con otros seres humanos. Vivimos inmersos en una dimensión social de la que no podemos desprendernos y a la cual necesitamos por naturaleza y por sentido práctico de supervivencia.

Por ejemplo, una virtud social es la de la amabilidad. Quien me atiende en un supermercado, puede ofrecerme una sonrisa o una frase estudiada que detectamos enseguida. Quien busca ser amable sabe dirigir la mirada a la persona a la cual saluda y se desentiende del celular para escuchar la conversación que tiene con ella. Una persona amable pide con un por favor las cosas que se encuentran en el otro extremo de la mesa; también es aquella que evita ironías o sarcasmos en las conversaciones pues estas actitudes son un auténtico corrosivo para las relaciones familiares o sociales.

Quien busca ser amable sonríe con frecuencia y perdona con facilidad algún mal modo en la respuesta del otro. Cuando somos amables podemos luego platicar con alguien para ayudarle a salir de un atolladero en el cual se encuentra por una mala decisión personal. La amabilidad es un bálsamo para el alma propia y la de los que nos rodean, da luz, prepara terrenos para las conversaciones íntimas, genera el ambiente para la amistad.

Otras actitudes virtuosas importantes para la convivencia son la alegría y el buen humor. Siempre se agradece tener a alguien alegre a nuestro lado; el buen ánimo –como el malo- es contagioso y crea un ambiente placentero del cual es difícil desprenderse. La alegría no sólo está reservada para las personas que se les facilita vivirla por temperamento, sino que también es posible generarla con la inteligencia y la voluntad. Cuando me hago más consciente de lo bueno que poseo, cuando acepto que las circunstancias que me rodean son las que me corresponden –esas y no otras que puede fabricar mi fantasía-, entonces se produce una alegría auténtica, pues la persona acepta y se hace cargo de que dicha vida es la suya propia. No necesariamente es alegre quien se carcajea o cuenta buenos chistes, de hecho, hay gente que vive una profunda alegría mostrándose serena y positiva, sin hacer mayor alharaca.

Por otro lado, lo que sí conviene fomentar siempre es esa buena compañera de la alegría: la sonrisa. Todos la buscamos y la esperamos, por ejemplo, cuando alzamos la mano para saludar a alguien desde la distancia o cuando conversamos en la sobremesa. Qué difícil mantener un ambiente tranquilo cuando alguno dentro de la reunión tiene un gesto duro o adusto. La sonrisa es un catalizador que facilita un buen ambiente familiar, laboral, escolar, entre vecinos, entre compañeros de juego, etc.

Con todas estas virtudes no pasar por alto mencionar la susceptibilidad. Cuando alguien es hipersensible puede crear obstáculos para permitir una convivencia agradable. Cuando alguien de la familia es susceptible –que se siente herida o atacada por comentarios o actitudes que generalmente no van dirigidos a su persona, distorsionándolos o dramatizándolos-, puede generar un ambiente tenso pues hay que cuidar cómo se dicen las cosas por temor a herir o incomodar, a quien se encuentra en esta situación. Si somos nosotros los que nos sentimos con facilidad, es bueno hacer conciencia, aceptarlo y pedir ayuda a una buena amistad para discernir si nos ha faltado realismo y hemos actuado con exceso de drama o no.

Otra virtud que embellece a la persona de forma clarísima, es la de la discreción. Quien busca ser confidente o ya lo es, se considera una persona discreta. En caso de que hablara sobre aquello que se le ha confiado, perdería su prestigio como confidente. Es importante saber callar cuando alguien nos hace una confidencia y el respeto que yo siento por ella es lo que me impulsa a guardar silencio. Las joyas valiosas suelen guardarse en estuches finos, pues infinitamente más valioso es aquello que alguien ha dado a guardar en mi corazón.

Cuando se enumeran manifestaciones de cualquier virtud, nos damos cuenta de la serenidad y estabilidad de ánimo que debemos conseguir para vivirlas, y pareciera que solo sería posible lograrlo cuando ya no estemos aquí. Sin embargo, lejos de desanimarnos, al conocernos más profundamente nos percatamos de aquello que debo hacer crecer para mejorar y nos hace generar recursos personales para aumentar el ejercicio de las mismas.

En una ocasión, dando una sesión sobre las diversas formas para el manejo del estrés, una señora levantó la mano para intervenir y señalar cómo le resultaba catártico salir a su jardín para regar el pasto y las plantas; el estar en medio de ese pequeño paraíso natural la hacía descansar y renovaba fuerzas para terminar su día con buen humor. Ella posaba su mirada en el verdor de su jardín y sentía el correr del agua entre sus dedos lo cual le causaba tal impresión de paz que buscaba hacerlo con frecuencia. Esta mujer podía hacer una conexión directa entre el tiempo que dedicaba a las plantas y su estado anímico para tratar con más paciencia a los de su familia.

Es necesario que todos busquemos nuestras alternativas de descanso: el escuchar música que sea de nuestro agrado, volver a ver esa película favorita, tomar algo fresco… El objetivo es mantener una sana alerta para sembrar las semillas de la amabilidad, de la sonrisa, del buen humor entre los nuestros. Y como es una siembra cotidiana, los frutos se dejarán ver pronto, pues todo este ejercicio de virtudes es propio de un corazón noble, es propio de una persona que cultiva la belleza en su propia vida sabiendo que nunca será una realidad acabada.

Termino con las palabras que alguna vez dijera Jorge Luis Borges: Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso.

Marcela Segovia T. es Licenciada en Psicología, cuenta con una Maestría en Educación por el Tec de Monterrey y una Maestría en Humanidades por el Centro Panamericano de Humanidades, la puedes contactar en machesegovia@gmail.com

 

 

 

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