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Todos sabemos que hay una etapa durante la infancia en que los hijos ven a sus papás como superhéroes: todo lo pueden, todo lo saben. Y aunque esto provoca mucha ternura y proporciona un sinfín de anécdotas alegres, para los niños es una necesidad importantísima en su desarrollo emocional. 

La estabilidad y seguridad que proporciona ver a estos papás fuertes y seguros, les ayuda a adquirir confianza en sí mismos, a desarrollar autocontrol y les deja enfocarse en todas las actividades que les permitirán crecer sanos, pues gracias a la presencia de sus papás en la familia, se sienten protegidos y bien cuidados.

Quiero hacer hincapié en la “presencia” de los padres. Papá y mamá, sólo por estar ahí como parte de su familia, le dan a su hijo los cimientos para desarrollar muchas habilidades y características fundamentales para su buena formación. El origen del poder educativo: ¡la presencia!

Tristemente, después de un tiempo, esta etapa de admiración incondicional pasa. A partir de la pubertad (alrededor de los nueve años), los niños entienden que sus papás son imperfectos y no lo pueden o saben todo. Esto también es necesario para ir caminando hacia la autonomía e independencia de la vida adulta. Pero los padres no pierden poder; al contrario, éste va creciendo y se va transformando para ir cubriendo los requerimientos de una adecuada formación.

En la pubertad el rol de los padres adquiere una mayor relevancia en cuanto a la enseñanza de valores y virtudes que serán las bases para que, ya siendo adultos, estos jóvenes sean capaces de construirse un buen futuro.

Es por esto que hoy más que nunca se requiere de papás convencidos del importante papel que desempeñan en la vida de sus hijos.

Nadie nos enseña a ser padres. Lo vamos aprendiendo en el camino y por eso es lógico sentir distintos miedos e inseguridades durante toda la crianza de los niños. El desafío (y el deber) que tenemos como papás, es el de sabernos líderes, orientadores y modelos de sana autoridad.

Tener “poder” no se refiere, por supuesto, a ser rígidos y duros en el establecimiento de reglas y lineamientos familiares. Una de las cosas que más demanda la educación de los hijos es flexibilidad, haciendo los cambios y ajustes necesarios a estas reglas y lineamientos, así como la llegada con cada hijo, conforme van creciendo y vamos descubriendo sus necesidades formativas.

Así que el día de hoy apelo a tu convencimiento de lo absolutamente poderoso que eres. A la importancia que tiene verte seguro, tranquilo y “al mando”. Que, incluso cuando tengas dudas o sepas que te has equivocado, seas capaz de acercarte a tu hijo con humildad, confianza y templanza, para disculparte o confesarle alguna vacilación que tengas, pero siempre expresando la seguridad de que lo haces creyendo que es lo mejor para él. 

Malentendiendo lo que significa llevarse bien con los niños, hemos decidido ser sus amigos. Esto te resta del poder formativo que necesitas para cumplir tu labor. 

Desde luego, siempre debemos ser cercanos y tener una buena relación con ellos, pero amigos tendrán suficientes en su vida. Padres sólo hay dos. Y, a diferencia de sus amistades, de sus papás recibe la estructura y el contexto necesarios para ir adquiriendo las capacidades que el mundo requiere en la construcción de una buena vida, pero también para ir conociéndose más como persona.

La fuerza de ese poder

Es dentro de la familia que un joven inicia el camino a definir quién es. Es durante la cotidiana convivencia familiar que un niño aprende cuáles son sus fortalezas y cuáles sus debilidades, para poder potenciar las primeras y manejar mejor las segundas, en el logro de sus objetivos. Es en el diario vivir con sus seres queridos y durante sus años escolares que descubre sus intereses y pasatiempos favoritos. Es durante la última etapa de la adolescencia donde termina de formarse el carácter que lo acompañará toda la vida. Todo esto significa muchas y muy variadas conversaciones entre padres e hijos. 

Por esta razón, en estos procesos de auto-conocimiento, auto-control y adquisición de las herramientas necesarias para la vida, los niños necesitan desesperadamente de “papás poderosos”.

Porque el poder te permite estar en control, para guiar a tus hijos hasta que ellos sean capaces de andar su propio camino.

Porque el poder te permite mantenerte informado sobre lo que necesitas saber para ser un mejor padre, sobre las distintas etapas que tus hijos atravesarán y sobre la mejor estrategia educativa, basada en la cariñosa firmeza, a seguir en tu familia.

Porque el poder te permite sentirte confiado al tomar decisiones y capaz de afrontar las consecuencias que éstas originen.

Y porque el poder te permite crear un ambiente  armónico y agradable en el que todos puedan convivir con tranquilidad, seguridad y alegría, a pesar de los normales y esperados problemas que puedan ocurrir en el camino.

No eduques sobre el miedo o culpa. Si los sientes, educa bien A PESAR del miedo y la culpa. Entiendo que es más difícil ser un buen papá que uno malo, pues exige más trabajo y dedicación, pero aquí es donde el sentirte empoderado te da la fuerza y el enfoque para lograr el principal objetivo como padres: formar hijos para ser adultos íntegros capaces de construirse un buen destino.

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