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Así como anualmente los árboles desechan sus hojas, nosotros hagamos el hábito de revisar cómo va nuestra estrategia educativa y formativa, con el fin de mejorar nuestros objetivos familiares.

Este análisis tiene muchas ventajas ya que, por ejemplo, nos permite acostumbrarnos a vernos con la mayor claridad posible. Cuando hacemos cualquier cosa por mucho tiempo, dejamos de percibir señales que pueden darnos información importante. 

La rutina de detenernos a observar abre la posibilidad de ser capaces de notar estos signos –que pueden ser buenos o malos–, y que serán pauta para seguir con una estrategia o cambiar un estilo poco efectivo.

Porque, además, debemos recordar que la dinámica familiar es un ente vivo que cambia constantemente con los diferentes eventos que suceden, como la llegada de un nuevo miembro de la familia, un desempleo, el inicio a la vida escolar, una enfermedad importante, problemas en la relación de pareja, etc. Cada una de estas circunstancias impactan el estado emocional de padres e hijos. 

Los papás pueden estar menos pacientes o tolerantes, más cansados o estresados, haciendo poco efectiva la “entrega educacional”, ocasionando mala conducta por parte de los hijos, haciendo más difícil y tenso el ambiente familiar, empeorando el panorama.

Por otro lado, el mismo desarrollo de los hijos exige un cambio en el establecimiento de límites y consecuencias de acuerdo a la etapa de desarrollo que están viviendo. Obviamente no puede ser la misma hora de ir a la cama de un pequeño de siete años, que la de un joven de 17. ¡Incluso la personalidad de cada uno exige una manera distinta de educar a cada uno!

 

La esencia es la misma

 

Aunque la forma y estrategia de educar se modifica dependiendo de la edad o personalidad de un hijo, el fondo suele mantenerse constante. Ojo, todos los puntos enumerados a continuación recaen en nosotros los padres. Sin importar que tu hijo esté en los llamados “terribles dos años”, la pubertad, adolescencia o joven adultez, los papás somos los principales responsables del éxito de la construcción de un ambiente familiar feliz, tranquilo y formativo; tarea de una dificultad importante. Por eso se vuelve fundamental volver a la imagen del otoño: mantén el hábito regular de revisar tu estilo parental y analizar tu estrategia educativa haciendo los ajustes necesarios, para que, como sucede en primavera, tus esfuerzos florezcan y eventualmente den los frutos buscados: hijos con las herramientas necesarias para ser capaces de construirse un buen destino:

 

  1. Mantener un ambiente tranquilo y agradable en casa: Sabemos que existirán momentos en donde habrán discusiones, malos humores y problemas. Esto es lo que nos hace humanos. Sin embargo, lo ideal es que estos ratos sean esporádicos y de la menor duración posible, al trabajar en solucionar lo que provoca el mal estado de ánimo.
  2. Constancia y persistencia: Independientemente de cuáles sean las reglas de la casa, éstas deberían de ser siempre las mismas. Siendo que los hijos no internalizan las normas en una sola exposición (¡ojalá así fuera!) es necesario repetirlas para que poco a poco las vayan haciendo suyas.
  3. Minimalismo y claridad: Para la adecuada formación en independencia y autonomía es necesario que las reglas sean pocas, expuestas sin largos sermones, pero muy claras, incluyendo lo que sucedería si alguno de estos lineamientos se infringiere. La certeza que provoca en los hijos el saber qué deben hacer y las consecuencias de una decisión contraria, enseña responsabilidad y auto control, les da una sensación de contención y seguridad y construye la confianza en sí mismos.
  4. Cariñosa firmeza: Este punto se refiere al modo en que entregas cada una de las acciones de tu estrategia educativa: con amor, explicas y aplicas las reglas y consecuencias de la casa. Hacerlo es particularmente difícil en las etapas de poca paciencia por cansancio o estrés, o ante actitudes poco cooperativas de los hijos. Sin embargo, si practicas la cariñosa firmeza en todas tus relaciones, poco a poco te resultará más natural y fácil utilizar esta modalidad.
  5. Vigilar la calidad de la relación con tus hijos: Sin aspirar a ser sus amigos (la amistad debería ocurrir entre sus pares), la idea es siempre llevarnos bien con los hijos. Un niño enojado o resentido no escuchará ninguna de las importantes lecciones que debe aprender de ti, no seguirá las reglas de la casa, ni querrá colaborar en el mantenimiento de un ambiente agradable en la familia. Pero recuerda que “llevarse bien” no significa que te cuenten todo o que no haya lugar a que a veces les caigas mal (especialmente cuando no les des el permiso esperado, por ejemplo), sino que tengan la certeza de tu amor y apoyo incondicional.

 

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