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Muchas personas dicen que se estresan al pensar en el regreso a la escuela y al trabajo, después de la temporada vacacional y/o de un período en el que se eliminaron la rutinas y los deberes diarios. La verdad es que solemos hablar del estrés desde una perspectiva negativa y, aunque esto no deja de tener cierto fundamento, el día de hoy vengo a decirte que el estrés es un estado muy despreciado y en ocasiones hasta desaprovechado.

Es el estrés es un estado “de tensión física o emocional”. Es “la reacción del cuerpo a un desafío o demanda”. Es el que nos impulsa a levantarnos de la cama cada mañana, buscar y conseguir trabajo, ganar una competencia, pedir un aumento, mejorar nuestro matrimonio, educar a los hijos… nuestras necesidades diarias nos empujan a sentirnos lo suficientemente “tensos” para movilizarnos. 

 

El estrés nos ayuda a generar las hormonas que nos activan y llenan de energía. La motivación requiere del estrés para el logro de nuestras metas. 

 

Por lo tanto podemos decir que el estrés no es sólo normal; también es necesario. Aunque quisiéramos, sencillamente no podríamos vivir sin estrés.

Entonces, ¿por qué nos queremos deshacer de él? Porque mal manejado, también es el que puede afectar es sistema inmunológico y/o la memoria, secar el tracto digestivo, producir ansiedad y acelerar el envejecimiento o hasta llegar a provocarnos crisis de ansiedad.

Cuando algo lo percibimos como una amenaza (hablar en público, una visita no deseada, un jefe difícil, etc.), el cuerpo se prepara para luchar o huir; es decir, para protegerse. Aunque hay cosas que son claramente peligrosas, hay muchas otras que una persona puede percibir como estresante, mientras que para otra no lo es. Por esta razón el estrés y su manejo es algo absolutamente personal.

El objetivo es detectar la manera en que tú llegas al “buen estrés”: el punto en donde mejora tu desempeño, memoria y aprendizaje, donde te conviertes en un ser más social y estás mejor conectado a tu intuición. Esto requiere de conocer qué te hace reaccionar de determinada manera, cuál es tu reacción específica ante ese estímulo y lo que para ti aliviaría los efectos de esta respuesta.

Cuando percibimos el acercamiento de una persona o evento amenazante, el cerebro secreta adrenalina, dilatando los bronquios en los pulmones para incrementar la captación de oxígeno y acelera al corazón para que bombee más sangre oxigenada especialmente al cerebro (para pensar en mejores ideas sobre cómo salir del “problema”) y los músculos (para la pelea o la huida). Aunque hay otras hormonas involucradas, una importante para entender cómo nos sentimos, es el cortisol. Es el encargado de extraer la energía almacenada en nuestras células para tener la capacidad de enfrentar la situación. Es por la combinación de la acción de estas hormonas que escuchamos la historia sobre alguien que logró escapar al ataque mortal de un gato montés, corriendo una enorme distancias a gran velocidad, o de la mujer que pudo cargar el automóvil que oprimía a su hijo mientras que los bomberos llegaron al sitio del accidente. El “juego” de todos estos químicos en nuestro cuerpo logra ayudarnos a alcanzar una meta y, en casos extremos, literalmente a salvar la vida.

Cuando el “evento amenazante” es de corta duración (cumplir con una fecha de entrega o tener una cirugía), no solemos experimentar daños severos en nuestro cuerpo por el esfuerzo que tuvo que hacer para prepararse para la “pelea”. 

El problema es cuando vivimos largas temporadas de estrés. Precisamente por el efecto de todas estas hormonas, pero especialmente el cortisol, nos sentimos exhaustos, distraídos, con problemas de sueño y con otros dañinos y desgastantes síntomas.

Es en especial en estas etapas difíciles en donde surge un factor sorprendente de un tema que aparentemente no nos ofrece una salida a una respuesta biológica de supervivencia. Este factor es nuestra percepción. 

Múltiples investigaciones han encontrado que ver el evento en sí como un desafío o como una amenaza determinará, no sólo el nivel de estrés que sufrimos mientras estamos lidiando con el problema, sino también los efectos mismos que este estrés tendrá en nuestro organismo. Tu percepción determina tu respuesta neurológica, impactando en consecuencia a tu fisiología.

En este punto quiero regresar a lo mencionado en el primer párrafo de este artículo: la terminación de las vacaciones de verano y el reinicio a clases y al trabajo o a una rutina más estricta. El cerebro puede ser entrenado a reaccionar de una determinada manera. Puedes ayudarle a cambiar la manera en que recibes lo que se te presenta en la vida y enseñarle a prevenir los efectos del estrés, asegurándote de tener momentos de bienestar que compensen los estragos de etapas particularmente difíciles y largas. 

 

Esfuerzo que vale la pena

 

Como todo entrenamiento, el principio es difícil y los resultados iniciales no suelen ser espectaculares, pero si eres persistente y consistente, obtendrás buenos frutos. Lo primero es creer que tienes el poder de lograr un cambio. Lo segundo es comprobar que no es complicado alcanzar esta meta.

Es admirable la respuesta que pequeñas conductas tienen en nuestro organismo. Por ejemplo, si un día en que estás triste haces un esfuerzo por sonreír, tu cerebro “creerá” que estás de buen humor y secretará hormonas relacionadas con el bienestar (dopamina, endorfinas) y te sentirás un poco mejor. Un pequeño hecho, causa un impacto directo en tu estado de ánimo. De la misma manera, si por ejemplo cambiaras las palabras a unas más optimistas y positivas con las que describes un evento que para ti es estresante, y persistente y consistentemente lo hicieras cada vez que te refirieras a esta situación, es posible que con el tiempo sufrirás menos estragos físicos y emocionales por lo vivido que si no lo hicieras. 

Entonces, ¿Qué palabras usas para describir esta situación?, ¿Con qué actitud retomas estos días?, ¿Cuál es tu actitud general? Y por otro lado, ¿Qué les dices a tus hijos o a los que te rodean al respecto? Es posible que toda tu postura contagie a tus cercanos y estés ayudando a construir un ambiente más tenso y desgastante que te atrapa en un círculo vicioso que tendrá consecuencias cada día más serias. Obsérvate y conócete, de manera que puedas ir haciendo los cambios graduales que te ayuden a finalmente encontrar “el buen estrés”, que te permita disfrutar de una mejor calidad de vida.

 

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